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MICHOACÁN  

Los indígenas en el olvido

Mayte Cardona Ramírez
Se estima que por cada 10 mujeres indígenas, siete viven en pobreza como resultado de la emigración de sus parejas, la falta de oportunidades de empleo y la sobreexplotación de los recursos naturales.

 


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Hambre y miseria constituyen el lastre cotidiano que cargan los habitantes de los pueblos indígenas de Michoacán. No bastan los programas federales y estatales para, siquiera, paliar esta escandalosa realidad que cada año provoca la muerte por desnutrición de un sinnúmero de niños y ancianos.

Mazahuas, purépechas, otomíes y nahuas han dejado de ser un atractivo para los turistas que visitan la entidad con el interés de conocer las extraordinarias tradiciones de estos pueblos.

Por el contrario, apenas provocan la compasión de los habitantes de las ciudades del estado – Uruapan, Zamora, Apatzingán, Lázaro Cárdenas, entre otras– cuando ven a las familias indígenas deambulando por las calles en busca de refugio y alimento.

Esa mendicidad es la única opción para estos michoacanos que en sus lugares de origen, las zonas rurales, padecen hambre, enfermedades y la ancestral resignación de saber que nada cambiará: pobres nacieron y pobres quedarán.

La mayoría de los indígenas michoacanos apenas sobrevive con 30 pesos diarios y su dieta, como en otras zonas indígenas de México, se compone de café, tortillas, frijoles y chile.

En las zonas indígenas de Michoacán uno de cada dos hogares presenta condiciones de pobreza extrema y de cada 10 mujeres, al menos siete, viven en situación de marginación, reveló un estudio realizado por el Colegio de México para Michoacán.

Para lograr el desarrollo de este grupo poblacional, es necesario que se coordinen los esfuerzos de las dependencias para que sean más eficientes los recursos que se les asignan, estimó Guadalupe Hernández Dimas, titular de la Coordinación Interinstitucional para la Atención de los Pueblos y Comunidades Indígenas de Michoacán (CIAPI).

Cada vez con más ímpetu, los indígenas exigen el respeto a la autonomía de sus pueblos y las lenguas madres. Además, hay una repetida demanda para que el estado les brinde servicios de salud, vivienda y educación. De igual manera, insisten en la solución de los conflictos agrarios que por años han ocasionado división y enfrentamiento entre comunidades, explicó la funcionaria.

Aunque el presupuesto estatal para este 2007 es de 274 millones de pesos para “atender las necesidades y demandas de las comunidades indígenas”, se ejercerá a través de 21 dependencias estatales, con lo que se corre el riesgo de diluir la ayuda que les urge a cientos de pobladores rurales.

Hernández Dimas consideró que, quizás el más grave de los problemas que se manifiestan entre las comunidades indígenas, lo constituye la pérdida de sus idiomas originales.

Se estima que, del universo de idiomas indígenas que se hablaban a nivel nacional, al menos 200 mil indígenas ya no practican su lengua madre; otros cien mil la entienden, pero por temor a la discriminación y escarnio de que son objeto, decidieron adoptar al castellano como el idioma por el cual se comunican.

El abanico étnico de las poblaciones indígenas en Michoacán está integrado por unas 121 mil personas que constituyen los pueblos purépecha, otomí, mazahua y náhuatl. La titular del CIAPI advirtió que precisamente el idioma otomí enfrenta el mayor riesgo de extinción, seguido del mazahua, el náhuatl y el purépecha.

La solución, consideró, sería fortalecer la educación bilingüe intercultural, para que el desarrollo de los pueblos y comunidades indígenas no se limite a la dotación de infraestructura, sino que promueva las oportunidades de los purépechas, nahuas y mazahuas a crecer como individuos y ciudadanos.

Retrato de la miseria

En Michoacán, 25 municipios están conformados por mayoría de población indígena. De ellos, tres son considerados como de extrema pobreza, pues carecen de servicios básicos como agua potable, salud y educación.

En ese sentido, cabe citar la evaluación sobre regiones indígenas que realizó la Organización de las Naciones Unidas, y que destacó que Michoacán cuenta con habitantes “pobres urbanos y rurales”, así como con poblaciones indígenas marginadas pertenecientes a cuatro de sus etnias principales: la mazahua, nahua, otomí y p’urhépecha.

La mayor parte de la población indígena de Michoacán se ubica en los 13 municipios de la Meseta Purépecha; ahí habitan 70 mil 708 indígenas, que representan 58 por ciento de la población total. Todos están distribuidos a lo largo de 151 comunidades indígenas: 131 purépechas, 14 mazahua-otomí y 6 nahuas.

En Uruapan se ubican cuatro municipios con alta marginación: Charapan, Chilchota, Nahuatzen y Tancítaro. En ellos viven 29 mil 40 indígenas, lo que representa más de 23 por ciento de la población indígena total en el estado.

Todas esas comunidades subsisten bajo condiciones que los indicadores de subdesarrollo y marginación consideran como similares a los estratos sociales de los países más pobres del mundo. Así viven nuestros indígenas en Michoacán.

En el contexto internacional, México ocupa el sitio 54 entre 173 países del planeta por el número de su población indígena. Michoacán, a nivel nacional, figura al lado de los estados más pobres y atrasados de la república. Vastas zonas rurales y comunidades indígenas de esta entidad –a pesar de su riqueza en biodiversidad– están por debajo de los índices de desarrollo. En estas condiciones, las mujeres, los ancianos y los niños son los que más sufren.

Discursos al vacío

Al comparar los proyectos, planes y acciones destinadas a aliviar los efectos de la pobreza y marginación de los pueblos indígenas a nivel federal y estatal, se detecta que prácticamente todos coinciden en el discurso.  Sin embargo, el resultado de todos ellos resulta vano.

De acuerdo con el Plan de Desarrollo Integral para los Pueblos y Comunidades Indígenas, “se establecieron acciones encaminadas a la defensa de los recursos naturales así, como el desarrollo de proyectos productivos que permita a las comunidades indígenas potenciar y aprovechar sus recursos como una fuente de ingresos”.

Conforme a este plan, la secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas “realiza la construcción de carretas y caminos rurales y conserva la imagen urbana de las comunidades y pueblos indios”.

Por su parte, la secretaría de Urbanismo y Medio Ambiente, asegura que “desarrolla acciones de ordenamiento territorial, mejoramiento y ampliación de vivienda” para las comunidades indígenas.

Al Sistema para el Desarrollo Integral de la Familia le corresponde “el equipamiento de desayunadores escolares; así como  los aspectos de nutrición y desarrollo integral de los niños indígenas”. De cumplirse esos anuncios, no habría razón para el apremio indígena en materia de vivienda y nutrición.

La Secretaría de Educación estatal habría gestionado servicios de infraestructura, dotación de uniformes, útiles escolares, así como el equipamiento de las escuelas en las regiones indígenas. Aunque se ha avanzado en el proyecto de alfabetización, este rezago persiste en las comunidades indígenas michoacanas.

A la Secretaría de Desarrollo Social le corresponde “establecer los proyectos productivos”, además de ser la instancia que aporta los recursos para el desarrollo de diplomados en la Universidad Intercultural Indígena de Michoacán. Sin embargo, esos proyectos –cuando existen– no han sido exitosos en el desarrollo de habilidades entre los miembros de las zonas indígenas, como lo demuestra la creciente emigración.

Por último, la Secretaría de Desarrollo Económico, que aplica el Servicio Estatal del Empleo, ejerce un presupuesto para equipar talleres de costura y tortillerías, así como para capacitar a albañiles, carpinteros y panaderos. Sin embargo, el universo de mujeres que recibieron esa “capacitación” no ha obtenido suficientes empleos.

Aunque Guadalupe Hernández manifestó que la administración de Lázaro Cárdenas Batel “atiende a los indígenas a través de espacios de diálogo donde los interesados plantean sus propuestas y soluciones”, la pobreza y los conflictos no se han desterrado.

La funcionaria insistió en que el gobierno estatal atendió regiones que anteriormente carecieron de ayuda, como San Antonio Tierras Blancas, en el municipio de Los Reyes, en donde se acondicionaron viviendas y en Cachán de Echeverría, del municipio de Aquila.

 

Sistemático desamparo

La migración de los michoacanos hacia Estados Unidos o a los campos agrícolas de Sinaloa y Durango ha obligado a la mayoría de mujeres en esta entidad a luchar por sacar adelante a sus familias, en ausencia de sus parejas. Se estima que por cada 10 mujeres indígenas siete viven en la marginación derivada de la migración, la falta de oportunidades de empleo y la sobreexplotación de los recursos naturales.

El diagnóstico de la Coordinación Interinstitucional para la Atención de los Pueblos y Comunidades Indígenas reveló que los conflictos agrarios constituyen una de las principales quejas de la población indígena. Además, la Secretaría de la Reforma Agraria estimó que existen 60 problemas de esa naturaleza en esta entidad. Al menos 29 de ellos fueron considerados por esa dependencia como “focos rojos”.

 

Los olvidados

Municipios de muy alta marginación:

Aquila, Churumuco, Nocupétaro, Tiquicheo, Tumbiscatío, Tzitzio y Susupuato.

 

Municipios de alta marginación:

*Arteaga, Aguililla, Coalcomán, Chinicuila, Carácuaro, Huetamo, La Huacana, Madero, Nuevo Urecho, Parácuaro, San Lucas, Turicato, Tuzantla, Aporo, Contepec, Epitacio  Huerta, Irimbo, Maravatío, Tlalpujahua,  Charapan, Chilchota, Nahuatzen, Tancítaro, Copándaro, Chucándiro, Jungapeo, Ocampo y Senguio.

 

Municipios urbanos:

Morelia, Uruapan, Jacona, Sahuayo, La Piedad,  Zamora, Apatzingán, Yurécuaro, Jiquilpan, Zacapu, Múgica, Lázaro Cárdenas, Los Reyes, Pátzcuaro, Zitácuaro, Hidalgo.

 

Escolaridad:

primaria, 14 por ciento; secundaria, 12 por ciento; bachillerato, 19 por ciento; licenciatura  trunca, 1 por ciento; licenciatura, 47 por ciento; normalista,  1 por ciento; postgrado, 7 por ciento; otros, 1 por ciento; N/D, 11 por ciento.

 

Fuente: Cedemun

 

 

Publicado: Septiembre 2007 / Año 2, No. 21



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